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lunes, 5 de abril de 2010

Seis días de Junio...

Nunca antes un conflicto tan corto como la Guerra de los Seis Días (o la Guerra de Junio, como la llaman los árabes) había tenido tanta importancia en el devenir político de ese barril de pólvora que es Oriente Medio.
En efecto, en esos intentos seis días de 1967 el Estado de Israel pasó a triplicar la extensión que tenía antes del inicio de las hostilidades, a comprender que podía pelear y ganar una guerra solo (contrariando la opinión del fundador del Estado israelí, David Ben Gurión, que sostenía que siempre que se fuese a la guerra había que contar con al menos, un aliado) y a emerger como potencia militar de la región y la consagración de un hombre -Moshé Dayán- como uno de los grandes generales de la Historia. Además fue un duro golpe para la ideología panarabista que hasta entonces había sido predominante en el mundo musulmán (pese a que continuarán aflorando regímenes panarabistas mucho después de la victoria israelí). En este artículo pretenderemos repasar las causas que llevaron a este enfrentamiento y las causas que llevaron a la aplastante victoria israelí sobre los numerosos ejércitos árabes.

El conflicto árabe-israelí se remonta a 1948, fecha en la cual expira el mandato británico en Palestina y se proclama el Estado de Israel. Inconformes con las resoluciones de la ONU que abogaban por la creación de un Estado judío y otro árabe en Palestina, los países árabes limítrofes con Israel atacaron a la naciente nación. La conflagración acabó con un alto el fuego decretado por la ONU y el derrocamiento de algunos de los regímenes que fueron a la guerra por elementos del Ejército, acusados de corruptos e ineficaces.

Uno de los regímenes derribados fue el del Rey Faruq I de Egipto. Corrupta hasta decir basta, un grupo de jóvenes oficiales líderados por el General Naguib y el Coronel Gamal Abdel Nasser derribaron la monarquía e implantaron una república nacionalista, panarabista y de tendencias socialistas.
Nasser fue junto con el indonesio Sukarno, el hindú Nehru y el yugoslavo Tito uno de los creadores del Tercer Mundo en la Conferencia de Bandung.
Uno de los anhelos de Nasser era conseguir la unidad política del mundo árabe bajo la batuta egipcia. Para ello emprendió una política anticolonialista y nacionalista lo que le llevó a apoyar a los independentistas argelinos y a abanderar la causa palestina. Una de sus primeras medidas fue la nacionalización del Canal de Suez, gestionado por un consorcio británico y francés, el bloqueo de los Estrechos del Tirán y el apoyo a incursiones palestinas en territorio israelí.
Esto provocó que británicos, franceses e israelíes tuviesen alguna buena razón para odiar a Nasser lo que hizo que el Egipto afrontase una guerra contra los tres países. Las amenazas soviéticas y las presiones de Estados Unidos llevaron a que se declarase un nuevo armisticio y se desplegasen cascos azules en el Sinaí.

Con los cascos azules en el Sinaí, Siria (gobernada por otro regímen panrabista y socialista a imagen y semejanza del que regía El Cairo) abanderó la causa palestina. Siria y Egipto se había unido en un fallido proyecto de Estado conocido como República Árabe Unida y que se vino al traste por la corrupción de sus dirigentes. Siria acusaba a Nasser de cobardía y el Raïs, temeroso de perder su influencia en el mundo árabe, involucró a su Ejército en la Guerra Civil yemení en favor de los partidarios de la República.
Sin embargo, la situación del mundo árabe era mucho más compleja que la carrera entre El Cairo y Damasco por liderarlo. Había una serie de monarquías de corte conservador como Jordania, Arabia Saudí, Iraq o Irán que odiaban a los regímenes populistas egipcio y sirio tanto como a los israelíes.
No menudearon los intentos de sirios y egipcios por desestabilizar a estos regímenes, esfuerzos que cuajaron con el asesinato del Rey de Iraq y su sustitución de un régimen prosirio. Esto llevó a Jordania a estar más sola que nunca.

Mientras esto pasaba, los sirios jaleaban más y más las incursiones de los palestinos y caldeaban el ambiente contra egipcios y jordanos. Estas acciones llevaron a los israelíes a llevar pequeñas incursiones militares contra Siria y Jordania. Había tensión, mucha tensión. Y entonces, Nasser renació de sus cenizas.

Enfangado en el Yemen, Nasser sacó de la nevera la cuestión palestina para renacer como el caudillo del mundo árabe. Para ello expulsó a las tropas de la ONU de la zona y empezó a acumular tropas en el Sinaí mientras su retórica belicista aumentaba tras hacer las paces con Siria. Damasco y Egipto bullían de incendiarios comunicados de radio que clamaban contra Israel y Jordania.

En Israel toda esta escalada se veía con temor. Levi Eshkol, primer ministro de Israel, apostó por una solución diplomática mientras en su país menudeaba el pesimismo. Aunque luego sería ensalzado por su saber estar y sangre fría, la prensa y los observadores políticos acusaban a Eshkol de hombre débil y apocado ante la cada vez más desafiante retórica belicista de los árabes.
El colmo de la crisis vino cuando Egipto cerró los Estrechos de Tirán, impidiendo el acceso de petróleo y otras mercancías a Israel. Esto suponía condenar al Estado hebreo a una lenta asfixia económica. Pese a las presiones de su generalato, Eshkol intentó solventar la crisis de manera diplomática y todo lo más que hizo fue declarar una movilización de reservistas.
Otra vuelta de tuerca de la crisis vino cuando Jordania, temerosa por su propia supervivencia, se unió a la alianza entre Egipto y Siria y consintió el despliegue de tropas iraquíes y saudíes en su territorio nacional.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Los ciudadanos israelíes estaban seguros de que esta vez nada podría parar a los árabes y de que Eshkol llevaría a la total ruina a Israel. Entonces Eshkol sacó un conejo de la chistera: nombró al General Moshé Dayán Ministro de Defensa. El contradictorio general tuerto aceptó la cartera siempre y cuando tuviese control absoluto sobre las eventuales operaciones militares.
Cuando el Gobierno israelí comprendió que la guerra era inevitable, intentó ir a ella con al menos un aliado. Con Estados Unidos enfangado en Vietnam y con Francia marcando las distancias con Israel, Tel Aviv empezó a hacerse a la idea de que tendría que luchar solo.
Mientras Israel asimilaba la idea de una guerra, Egipto seguía acumulando soldados en el Sinaí. Egipto tenía el Ejército más numeroso de los cuatro estados árabes limítrofes con Israel. Además estaba reforzado por unidades de voluntarios palestinos, marroquíes, tunecinos y sudaneses. Los israelíes tenían que golpear primero si querían tener una opción antes de que el despliegue árabe fuese total.

Y el golpe llegó. El día 5 de junio de 1967, aviones de caza israelíes atacaron las bases aéreas del Ejército egipcio, mientras Dayán recomendaba contención ante Jordania y Siria. La guerra era esencialmente una guerra contra Egipto.
El ataque fue un cuarto hora de antes de que los políticos egipcios llegase a sus oficinas. Para colmo, se había prohibido a los soldados egipcios abrir fuego antiaéreo por temor a que se derribasen los aviones en los que viajaban los comandantes del Ejército y la Fuerza Aérea egipcia así como una delegación iraquí. Iban a revistar a los oficiales que estaban en el Sinaí por lo que cualquiera capaz de dar una orden decente se encontraba a miles de kilómetros de donde iba a estallar la guerra. La confusión fue total y la práctica totalidad de la Fuerza Aérea egipcia fue destruida. Nasser tuvo que pedir a Argelia que enviase aviones de refuerzo.
Mientras esto sucedía, las pasadas de los aviones israelíes continuaban y las tropas del Ejército israelí entraron en el Sinaí. El objetivo: abrir los Estrechos del Tirán antes de que la ONU impusiese un alto el fuego. Y sin apoyo aéreo pues la aviación estaba intentando lograr la supremacía aérea.

Paralelamente a las primeras incursiones aéreas, aparatos de la Fuerza Aérea jordana comenzaron a atacar posiciones israelíes. Dayán recomendó contención en este frente al igual que en sirio, aunque autorizó incursiones contra las fuerzas aéreas sirias y jordanas y cuando la ofensiva jordana comenzó a tornarse cada vez más seria, Dayán ordenó que la batalla por Cisjornadia y Jerusalén comenzase.
Los jordanos combatieron valientemente y vendieron cara su derrota. Junto a ellos lucharon algunas unidades iraquíes tanto de tierra como de aire, mientras los saudíes se contentaban con quedarse en la frontera esperando que algún avión israelí le atacase y los sirios se quedaron en la frontera esperando instrucciones. Con su Ejército al borde del colapso, con Cisjordania y Jerusalén en manos de los israelíes, el Rey Hussein de Jordania aceptó el Alto el fuego decretado por la ONU al tercer día de la guerra.

Mucho mayor fue el desastre militar egipcio. Su primera línea de defensa había sido rebasada por las tropas israelíes pero mucho más peligroso que todo el Ejército israelí junto era la incompetencia del Mariscal Amer. Antiguo compañero de armas de Nasser, Amer controlaba el Ejército y ejercía de poder en la sombra. Demasiado poderoso para que Nasser pudiese hacer algo contra él, Amer hizo del Ejército egipcio su propio rancho donde los ascensos se hacían en función de la fidelidad mostrada a Amer y no de su valía.
Esto llevó a que Amer decretase una retirada generalizada, desorganizada que permitió muchas de las bajas egipcias de la guerra. Al cuarto día de guerra, un Nasser abatido ante el desastre sufrido aceptaba el alto el fuego de la ONU tras perder el Sinaí.

Todo parecía indicar que la guerra había terminado pero los miembros más radicales del gabinete presionaban a Dayán para atacar a Siria. Razonaban que Damasco había sido uno de los responsables del estallido de la guerra y que necesitaba un escarmiento. Los dos últimos días de la guerra se emplearon en una ofensiva a gran escala contra el Ejército sirio en los Altos del Golán (donde nacía el Jordán, vital para la agricultura israelí). La oficialidad siria, purgada constantemente por los continuos golpes de Estado no podía asumir la ofensiva y decretó la retirada total. Tras dos días de guerra y con los objetivos militares cumplidos, Israel aceptó el alto el fuego de la ONU y los sirios suspiraron aliviados pues temieron que los hebreos se hiciesen con Damasco. La guerra había terminado.


La guerra costó la vida a entre 10.000 y 15.000 soldados egipcios, 700 jordanos y 450 sirios. Israel perdió a cerca de 679 hombres. Demográficamente, las bajas israelíes equivaldrían a la muerte de 80.000 soldados estadounidenses.
Tras la guerra Israel emergía como una nueva potencia militar en Oriente Medio. Además, los elevados costos de la guerra se sufragaron rápidamente con el petróleo extraído del Sinaí. Israel tomó conciencia de que podía librar y vencer una guerra sin apoyo occidental, aunque siguió mirando a Occidente siempre y cuando necesitase armas y apoyo político. Además triplicó su territorio, controló el Jordán y conquistó por entero Jerusalén. La Casa Blanca auspició el plan de "Paz por territorios" por el cual Israel cambiaría los territorios arrebatados a sus vecinos árabes por tratados de paz con ellos.
Para los árabes fue un desastre sin paliativos. Nasser fue un fantasma desde la derrota pese a que de cara al público siguió siendo el gran líder del mundo árabe. Un mundo árabe cada vez más dividido. Acaso quien ganó fue Jordania, que con la pérdida de Cisjordania perdió una bolsa de población palestina proclive al socialismo panarabista y que acabaría debilitando a la Corona jordana.

Pese a todo, pese a los tratados entre Israel y Egipto y Jordania, el conflicto continúa, amenazando con volver a estallar en cualquier momento.

FUENTE: Michael B. Oren "La Guerra de los Seís Días"

José Miguel Romaña "Fuego sobre Oriente Medio. El golpe aéreo de Israel en la Guerra de los Seís Días"

jueves, 4 de febrero de 2010

Y los esclavos dijeron basta: la Independencia de Haití

Haití es una de esas naciones del mundo que solo se asoman a nuestros televisores y diarios cuando ocurre allí una desgracia ya haya sido esta provocada por el hombre (algún levantamiento armado encaminado a derrocar al Gobierno de Puerto Príncipe) o alguna catástrofe natural como la que recientemente ha sacudido al país.
Lo que quizás muchos no sepamos es que este rincón del Caribe acogió durante los turbulentos años de la Revolución francesa uno de los episodios más llenos de épica, espíritu de libertad y por qué no, ciertos toques de romanticismo al ser este país escenario de una rebelión de esclavos que acabará desembocando en la primera república negra del mundo. En la presente entrada nos dedicaremos a estudiar quiénes guiaron a la colonia más próspera del Caribe a ser un país independiente gobernado por ex-esclavos.

La actual república de Haití se erige sobre la antigua colonia francesa de Saint Domingue. Los franceses controlaban el tercio occidental de la isla de La Española desde finales del S.XVII cuando comenzaron a ocupar partes de la isla aprovechando la debilidad de los españoles. Durante la siguiente centuria los franceses convirtieron Saint Domingue en la colonia más próspera de todo el Caribe con una economía basada principalmente en el cultivo de la caña de azúcar. De hecho, Saint Domingue sola era más productiva que la suma de todas las colonias británicas en el Caribe. Esta prosperidad fue más acusada a raíz de la independencia de los Estados Unidos en 1783, cuando comenzó a florecer un rico comercio azucarero entre la joven nación y la colonia francesa.

Para mantener esta productividad, Saint Domingue demandaba mano de obra esclava, concretamente unos 30.000 esclavos negros anuales. Estos esclavos fueron suministrados primero por compañías monopolistas creadas por el Gobierno francés y posteriormente por ricos comerciantes radicados en las más importantes ciudades costeras. Cada vez más dependientes de estos comerciantes, algunos sectores criollos blancos comenzaron a conspirar para alcanzar mayores cotas de poder económico y político.
Otro sector bastante desafecto eran los mulatos y negros libres. Eran pequeños propietarios y despertaron el recelo de la clase dirigente blanca que dictó una serie de normas discriminatorias para vetar el ascenso de los mulatos a las esferas de poder. Esto provocó que los mulatos se organizasen en la Société des Amis des Noirs, encaminadas a defender sus derechos frente a las autoridades criollas blancas. Esta Sociedad no tardó en trabar contacto con algunos sectores revolucionarios franceses a los que prometieron ayuda financiera a cambio de derechos políticos. Los mulatos cumplieron su palabra, pero París vaciló bastante, temeroso de tener que emancipar a los esclavos y perder así a la prosperidad de la colonia.

Viendo como el Gobierno francés faltaba a su palabra, los mulatos trabaron contacto con los británicos para obtener por las armas lo que las leyes les negaban. Así, Vincent Ogé y algunos otros mulatos desembarcaron en Saint Domingue en octubre de 1790, aunque acabaron siendo detenidos y ejecutados por las autoridades coloniales francesas. Toda esta lucha por la autonomía en el caso de los blancos y la igualdad en el caso de los mulatos se hizo de espaldas a los esclavos negros, que pronto tendrían algo que decir.

En efecto, en 1791 se produciría un levantamiento de esclavos en la parte sur de la isla. Alarmados por el cariz que tomaban los acontecimientos, mulatos y blancos formaron un frente común frente al levantamiento de los negros, aunque esta alianza no duraría mucho. Los esclavos negros se vieron apoyados por los españoles de Santo Domingo, desde donde penetró un Ejército compuesto por negros exiliados y milicias criollas.
El 4 de marzo de 1792, el Gobierno francés decreta la igualdad de derechos entre mulatos y blancos, lo que espanta a estos últimos que empiezan a buscar el apoyo de los británicos de Jamaica. Para encauzar esta situación París envía a la colonia un Ejército de 6.000 soldados a cuyo frente estaba el jacobino Leger-Felicité Sonthonax, que acabó decretando la abolición de la esclavitud con el fin de encauzar la situación y detener las invasiones española y británica.

Esta acción atrajo al principal caudillo revolucionario negro: Toussaint Louverture, que pasó al bando francés con un Ejército de 4.000 hombres. Los negros que no se acogieron al decreto de Sonthonax se alistaron a las filas españolas y los mulatos se dividieron entre los que apoyaban a las autoridades coloniales y los que apoyaban a los blancos y la intervención británica.
Toussaint acabaría siendo el hombre fuerte de la situación y el principal comandante militar francés en Saint-Domingue, alcanzando en 1797 el grado de general de división. Gracias a su genio militar acabaron siendo expulsados los españoles, que debieron de replegarse a su propio territorio cediendo algunas importantes zonas ganaderas a los franceses. Por su parte, los británicos se acabarían replegando a Jamaica tras una guerra que había costado las vidas de 25.000 soldados.
Antes de retirarse, los británicos pactaron con Toussaint no volver a intervenir a cambio de ciertas concesiones comerciales. Durante las negociaciones, los británicos ofrecieron a Toussaint la posibilidad de independizarse bajo su protección, pero el líder negro se negó, temeroso de tener que enfrentarse con los mulatos. Prefirió pues, seguir gobernando la colonia en nombre de Francia. Esto no impediría que entre 1799 y 1800, Toussaint tuviese que sofocar una revuelta mulata en el sur de la isla.

Mientras Toussaint intentaba restaurar la prosperidad económica de Saint Domingue, Napoleón se hacía con el poder en Francia. Deseoso de establecer un gran imperio colonial francés en América, Bonaparte se aprestó a restaurar el control absoluto de Francia sobre Saint Domingue. Para ello proyectó enviar un Ejército al Santo Domingo español (actual República Dominicana) que los españoles habían cedido a los franceses mediante el Tratado de Basilea. Este Ejército tenía dos funciones claras: tomar posesión del Santo Domingo español y desalojar a Toussaint del poder. Sin embargo, el líder negro fue más rápido y él mismo se encargó de reunificar la isla y de reorientar la economía dominicana de la ganadería a la agricultura en grandes extensiones.

El 29 de enero de 1802, el general Victor Emmanuel Leclerc al mando de 58.000 soldados desembarca en La Española dispuesto a acabar con el gobierno de Toussaint Louverture. Los franceses avanzaron por diversos frentes: una parte del Ejército marchó hacia Santo Domingo, que cayó con poca resistencia, mientras numerosos regimientos desembarcaron en la mitad de la parte española de la isla.
Mientras esto ocurría, la Armada francesa cañoneaba Puerto Príncipe y Leclerc, al mando del grueso del Ejército marchaba sobre Cap-Français ciudad que acabó cayendo en sus manos tras no pocas dificultades. El 7 de junio, Toussaint fue traicionado y entregado a los franceses. Moriría un año después en prisión.

Negros y mulatos se unieron bajo el mando de uno de los lugartenientes de Toussaint llamado Jean-Jacques Dessalines. Dessalines continúo la lucha ante un Ejército francés muy mermado por la fiebre amarilla. Incluso el propio general Leclerc acabaría sucumbiendo ante esta enfermedad. En 1804 las tropas francesas acabarían capitulando y retirándose de aquel paraíso tornado en infierno por culpa de las enfermedades y del valor de los antiguos esclavos dispuestos a pelear por la independencia.

En enero de 1804, Dessalines y otros caudillos negros y mulatos proclamaron la independencia de la República de Haití (en honor a uno de los caciques indios que gobernaba la isla a la llegada de los españoles). Nacía así la primera república negra del mundo y la primera república latinoamericana independiente con un modelo (la independencia hecha por el levantamiento de los esclavos) que no se vería en cualquier otro proceso independentista de los que le siguieron.

FUENTE: Frank Moya Pons "La independencia de Haití y Santo Domingo" en Leslie Bethell ed. Historia de América Latina volumen 5, La Independencia

domingo, 13 de diciembre de 2009

Waterloo, cae el telón para Bonaparte

La batalla de Waterloo, el 18 de junio de 1815 supuso el definitivo golpe al efímero Imperio de los Cien Días, que es como se conoce al corto período de gobierno de Napoleón I Bonaparte tras volver de su exilio en la Isla de Elba. Supone además el inicio de un nuevo orden mundial en el que el Reino Unido relevará a Francia como primera potencia mundial. Pero, ¿Qué acontecimientos llevarán a Waterloo? ¿Cuáles son las fuerzas que confluyen? En esta entrada esperamos responder a algunos de estos interrogantes.

El declive del Imperio napoleónico venía de antes. Exactamente cuando Napoleón invadió Rusia en 1812, con nefastas consecuencias. La retirada francesa de Rusia, unido a la hemorragia de hombres, caballos y dinero que suponía la Guerra en la Península Ibérica, galvanizó a Prusia, Austria y Suecia para declarar la guerra a Francia y junto con Rusia y Reino Unido crearon la Sexta Coalición que acabó batiendo a los Ejércitos napoleónicos en la Batalla de Leipzig.

Salvo algunos estados alemanes y Polonia, Francia peleaba sola contra la mayor parte de Europa. Austria, recelosa del auge del poder ruso en Europa, ofreció a Napoleón la posibilidad de seguir instalado en el trono de Francia pero siempre y cuando aceptase volver a las fronteras de 1792, algo a lo que el Corso se negó. Entonces, 550.000 soldados aliados penetraron en Francia y pese a que pelearon con valor, nada pudieron hacer los 100.000 soldados franceses con los que contaba Napoleón para que los aliados ocupasen París. Consciente de que todo había terminado, Napoleón abdicó y marchó al exilio en la Isla de Elba, mientras los Borbones eran restaurados en medio de la indiferencia general.

El nuevo Rey de Francia, Luis XVIII, era el obeso y enfermizo hermano del malogrado Luis XVI y fue acogido en París con una gran indiferencia. La mala gestión que hizo su gabinete de la situación posterior provocó que la Monarquía se volviese pronto impopular y algunos sectores más liberales y el Ejército empezaron a soñar con la vuelta de Bonaparte.

Esta impopularidad de la Monarquía de Luis XVIII no pasó inadvertida a Bonaparte, que preparó su regreso. Con siete pequeñas embarcaciones y un puñado de hombres, Napoleón marcha hacia Francia, donde burlará a los guardacostas y acabará desembarcando. Luis XVIII le declara enemigo de la paz mundial y envía al Ejército a detenerle. Los soldados, al ver de nuevo a su Emperador se unen a él. Napoleón llega a París el 20 de marzo de 1815 sin pegar un tiro. Un día antes, Luis XVIII había huido a la ciudad belga de Gante.

El regreso de Napoleón pilla por sorpresa a los aliados, que se encuentran reunidos en Viena para decidir el futuro de la nueva Europa. Curiosamente están al borde de la guerra por las pretensiones hegemónicas del Zar Alejandro I, que había provocado que británicos, austriacos y prusianos firmasen un tratado secreto para combatir el excesivo poder ruso en Europa. Enterados de la vuelta del Corso, los aliados acordaron en levantar un Ejército de 150.000 soldados para devolver a Luis XVIII, cifra que luego se multiplicará por cuatro. Nace así la Séptima Coalición, que declara la guerra expresamente a Napoleón Bonaparte y no a Francia.

Solo frente a Europa, Bonaparte intentará negociar la paz con británicos y austriacos que se niegan. Solo le queda el recurso de pelear, para lo que decreta una leva forzosa que le da un Ejército de 248.000 hombres, de los cuales tomará 125.000 para la campaña de Bélgica. Podía esperar a tener un Ejército mayor, pero eso también daría tiempo a los aliados a movilizar más hombres contra él. Era ahora o nunca. Y se lanzó a por Bélgica. Si iba a haber una invasión sería por ahí.

Por su parte los aliados se movieron con desigual presteza. Los británicos levantaban un Ejército de 110.000 soldados al mando de Arthur Wellesley y los prusianos, uno de 130.000 soldados al mando de Gebhard von Blücher. Los austriacos iniciaron una movilización lenta y los rusos acuartelaron sus tropas en Alemania por lo que pudiera pasar.

Napoleón inició la campaña de Bélgica el 15 de junio de 1815, consciente de que si quería hacerse con la victoria tenía que batir al Ejército británico y prusiano por separado, a lo que ayudaba que los cuarteles generales tanto de británicos como de prusianos estuviesen a unas 12 horas de distancia el uno del otro.

El día 16, Napoleón dividió su Ejército y envió una parte, mandada por Ney, a batir a los ingleses en Quatre-Bas y otra, mandada por él mismo, a batir a los prusianos en Ligny. Los franceses vencerán ambas batallas, pero Ney mostrará una pasividad tremenda a la hora de perseguir a los británicos, que se podrán retirar en orden y desplegarse en Waterloo. Por su parte, Bonaparte juzgaba que había infligido un castigo muy duro a sus enemigos prusianos y que estos ya no representaban una gran amenaza.

Esto hizo que durante gran parte del siguiente día Napoleón estuviese indeciso sobre que Ejército atacar a continuación. Envió a algunos regimientos de caballería a perseguir a Blücher y partió junto el grueso de su Ejército a batir a los británicos.

El día 18 estaba todo listo para la batalla que habría de cambiar el destino de Europa.
A un lado estaba Arthur Wellesley, al mando de 67.000 soldados británicos, alemanes, holandeses y belgas, de los cuales 12.000 son de caballería y 156 cañones. El plan del general británico es sencillo: con sus líneas de suministros ocultas, todo consistía en desgastar a los franceses y esperar la llegada de Blücher, que le había prometido refuerzos.
Del otro estaba Napoleón Bonaparte, al mando de 74.000 soldados franceses, de los cuales 16.000 son de caballería y 256 cañones. El Corso era consciente de que tenía que vencer a los británicos fácilmente para evitar que lleguen refuerzos aunque cree que los prusianos han sido batidos dos días antes y no pueden presentar combate alguno. Su Estado mayor le advierte acerca del peligro de Wellesley y de lo bien entrenadas que están las tropas británicas. Napoleón responde despreciando a Wellesley diciendo que es un mal general y que los británicos son unos malos soldados. Da orden de avanzar. Comienza la Batalla de Waterloo.
Napoleón fija gran parte de la suerte de la batalla en la granja de Hougoumont. Es consciente de que necesita ese enclave para hundir el flanco derecho inglés y hacer que Wellesley acuda en auxilio de esa posición, lo que facilitaría un ataque por el flanco izquierdo. Sin embargo, 6.000 soldados británicos rechazarán a los 14.000 soldados franceses que Napoleón mandó arrojar sobre esa posición.
No tardarán en informar al Emperador de que 30.000 soldados prusianos marchan hacia el lugar de la batalla. Napoleón confía en poder batir a los británicos antes de que lleguen los alemanes y manda llamar a su caballería, que está persiguiendo a los prusianos y se han alejado demasiado.
Napoleón ordena ahora a su infantería avanzar sobre el centro inglés, pero su infantería es masacrada por un contraataque de la infantería y la caballería británica.

La caballería británica será diezmada por los ataques de la caballería francesa, que más tarde sería lanzada contra los británicos creyendo que se retiraban. Craso error. Al lanzarlos sin apoyo de artillería, los jinetes galos se estrellaron contra la artillería británica, que los hizo pedazos.
Una ofensiva dirigida en persona por el Mariscal Ney posibilitó la caída de Hougoumont tras ocho horas de combate y ocho asaltos franceses. Justo en ese momento, los prusianos atacan el flanco derecho francés. Napoleón se ve obligado a enviar a la Guardia Imperial a frenar a los alemanes, intentando ganar unos segundos que le permitan acabar con los británicos. Pero estaba todo perdido. Al anochecer los británicos y los prusianos hacen que Napoleón se retire.

La derrota de Waterloo provocará enormes desafecciones en el bando napoleónico, mientras cerca de medio millón de soldados aliados penetran en territorio francés. Consciente de que ha vuelto a ser derrotado, intenta abdicar en su hijo, Napoleón II, pero ello no impide que los aliados capturen París y reinstauren a Luis XVIII en el trono de Francia. Napoleón se entregará a los británicos que le confinarán en la isla de Santa Elena, donde fallecerá.

Ríos de tinta se han escrito acerca de la derrota napoleónica en Waterloo. Muchos buscan explicaciones peregrinas pero lo cierto es que el principal y único responsable de lo ocurrido en Waterloo es el propio Napoleón y el hecho de haber despreciado a sus dos rivales, a los que consideraba peores generales que él. De lo que no se duda es que la llegada de los prusianos fue clave para la derrota francesa.

Los tres protagonistas de Waterloo corrieron suertes bastante dispares. Sir Arthur Wellesley fue ennoblecido con el título de Duque de Wellington y llegó a ser Primer Ministro de su país mientras que Blücher acabó sus días cuatro años después tras entregarse a un frenesí de mujeres, naipes y alcohol.
Napoleón, el gran vencido, acabó sus días en Santa Elena, consumido por el odio y escribiendo sus memorias. Se cree que murió envenenado por sus carceleros.

FUENTE: Waterloo en "Historia y Vida" nº474 pp 30-48